martes, 20 de noviembre de 2012
jueves, 4 de octubre de 2012
DIÁLOGO
“… y el otro, después de sentir
complacido y paciente las aventuras de su labio, de vivir marginalmente el
gusto escalofriante de quedar a merced del amado y de empezar a intuir por
primera vez en su vida lo atractivo que sería rendir valerosamente no solo su
labio sino todo su cuerpo a la compasión de su amante y que esa zona entre el
cariño y la compasión es el lugar más oscuro y más profundo del amor, le hacía
lo mismo al otro, y justo en ese instante las lenguas moviéndose impacientes en
el interior de nuestras bocas, encontrándose veloces entre los dientes, nos
recordaban ese lado del amor que no tiene que ver con la violencia sino con la
dulzura, los abrazos y el tacto.”
(Orhan Pamuk, El museo de la inocencia, Mondadori,
Barcelona, 2009)
"Salir del paraíso es más difícil
que salir del infierno. Las puertas están abiertas, no hay que luchar. Pero no
queremos irnos. Bastaría la voluntad de hacerlo, pero no queremos. No nos ata,
somos libres y felices, pero no queremos.
Y sin embargo, también del
paraíso hay que salir. Infierno y paraíso son dos etapas en la Vía, pero son
solo eso, etapas. No son la plenitud. El paraíso no es la plenitud. Hay que
dejarlo, también."
(Michael Ring, Estudios sobre La Comedia,
Aschaffenburg, 1759)
miércoles, 18 de julio de 2012
DE LA PUERTA BAJO LA ESCALERA
Yo, Baldomero Buñuelo, en
pleno mal uso de mis facultades mentales, ya bien deterioradas, no por el
tiempo, sino por el abuso de la droga de la lógica aplicada a la dialéctica
existencial que sostiene toda vida humana contra el gran arquitecto de los mundos,
antes de que esta poca luz que me queda sin descubrir me desvele el último de
los arcanos, quiero dejar testimonio de los puntos de inflexión que mi vida ha
tenido, para que vosotros, hermanos de Heliópolis, conozcáis de primera fuente
la razón sin sentido de los últimos actos de mi vida antes de que mi estirado
brazo alcance la caricia eterna de las estrellas que no se mueven.
A los quince años fui
iniciado en los Misterios, un frío día de enero que no consigo olvidar. Mi
presentador me dijo que el maestro de la pizarra tenía una gran mentira vital,
y mi respuesta en pos de preguntas desató el proceso iniciático: en una
confesión téte a téte me fueron revelados los misterios del bien y del mal, del
espacio y del tiempo, y de la muerte de Dios. En la segunda etapa de la
ceremonia, ante el gran muro que todo lo sostiene, me fue transferido el
conocimiento del Núcleo de la existencia y del Silencio como herramienta para
detener la descripción del universo que nuestra mente reescribe continuamente
para fijar el espíritu en el lugar y sitio que no le corresponde.
Las tres Artes regias
fueron puestas a mi disposición: la de la Luz, la de la Palabra, y el Arte
hermético de la destilación y de los metales. Cada vez que en tantos años he
pulsado, sutilmente, separando lo espeso de lo ligero, el obturador de mi
cámara para captar el instante visto y transmutarlo en mirada; cada vez que en
tantos años he cerrado los ojos para ver la palabra que clausurara un verso;
cada vez que en tantos años he cerrado el atanor y he avivado el fuego, me he
sentido otra vez ante aquel muro de un patio de Sevilla en el que también
había, y hay aún hoy, limoneros, promesa de azahar sin hedor de santísimos
redimidos.
A partir de ahí mi vida
fue pura búsqueda a volandas de las tres Artes, pero enclaustrada mi alma por
el calor del hogar, por la férrea dictadura civil, y por el ardor de un cuerpo
joven sediento de experiencias; y con tanto deseo insatisfecho en los mundos
físico, síquico y espiritual; fue dando
golpes de timón que me dejaron en el centro común de la existencia humana: el
sufrimiento.
En esto, con veinte años
ya cumplidos, acaeció mi aumento de salario y tuve acceso al estudio del mundo
del guerrero, en el que el desapego sustituye al deseo, y la aceptación de la
propia muerte inevitable y de la mínima importancia del ego imponen un estilo
de vida que lleva a conquistar todo por no desear nada.
Guerrero me hice, pues, y
así pasé los siguientes 18 años de mi vida (18, sí, dos veces el cuadrado de
tres, al revés la cuarta potencia de tres, el número del cuarto en los grados
decadentes de la filosofía de la vida). Tuve mi Austerlitz frente a los
enemigos de la luz, mi Stalingrado frente a los de la razón, mi Sarajevo real
como la vida frente a los fanáticos de la intolerancia, pero no alcancé a la
guerra más importante y mi propia Troya quedó como asignatura pendiente.
En aquellos años llegué a
estar cansado del guerrear por los mundos y decidí establecerme como
constructor, tal mi formación académica me permitía hacer. Fui iniciado en las
órdenes de la francmasonería y recuerdo como anécdota que me sugirieron que
describiera mis impresiones de la ceremonia, lo que no pude hacer pues las
sobrepasaba en valor y medida las que tenía de mi verdadera iniciación, la que
tuvo lugar en el patio de Sevilla en el que aún no florecía el limonero. Fue
allí donde me fue dado mi verdadero nombre, noveno arcano de mi tarot.
Fui constructor durante
quince años. Entré en el gremio animado por los rastros que los constructores
de catedrales habían dejado en la piedra tallada, y que yo sabía eran las
claves para cerrar las bóvedas de las secuencias de grabados e ilustraciones
que sobre el arte se habían generado a lo largo de dos milenios y más. Pero no
encontré lo que buscaba, no porque no estuviera allí, sino porque el ímpetu
glacial del racionalismo es insuficiente para desvelar un misterio escondido
por el ardor de la pasión, del amor a la sabiduría que se ha adquirido
construyendo, y no trazando planos sobre planos hasta perder la lontananza.
Fue sólo cuando, otra vez
con ánimo y espíritu de guerrero, visité de nuevo las Notre Dame, las Grand
Place, los Rocamadour, los Mont Saint Michel todos que nos ofrece generosamente
la vida, cuando pude descifrar ese misterio e hilvanar finalmente el tejido
que, al desfibrilar en putrefacción, lleva al elixir de la Vida. En ese camino
me encontré con la auténtica Troya, y disfruté del horror de la traición, el
degüello, el saco y el fuego. Sólo entonces desaparecieron los fantasmas y
entendí el símbolo de ese verdadero nombre que me fue dado en mi iniciación a
los Misterios.
Tras mi etapa de
constructor sólo me quedaba la de monje, y hallé refugio en un viejo monasterio
de hierro sólo habitado por su abadesa y tres gatos. Con el tiempo los gatos
pasaron al oriente eterno, o decidieron cambiar de laberinto, o hallaron gata
en celo tras la que encaminar su rumbo; pero la abadesa permaneció y me abrió
al cabo la novena puerta, la que se oculta bajo la escalera, la que no se
cierra por fuera, la que baja a la cripta en el corazón de la tierra en la que
asientan los pilares que sostienen todo el edificio.
Un día en que la abadesa
me miraba desde lo alto de la escalera yo subí siete escalones más y aprendí a
mirarla también desde arriba, y ella aprendió a mirarme también desde abajo, y
aprendimos que aunque los ojos fueran nuestros, la mirada era única, que aunque
los cuerpos fueran dos, el alma podía ser una, que aunque las almas fueran dos,
el espíritu era uno sólo, que aunque hubiera dos espíritus, la esencia que
impregnaba nuestras sustancias era luz del Sol y esa luz no puede ser dual.
Entonces renunciamos
formalmente a nuestra egolatría y de la cripta brotó la verdadera Luz que nos
recibió en los Grandes Misterios, y tuvimos acceso a lo que no se puede conocer.
(Roberto Frassinelli: Manuscrito encontrado en un zapato,
Zaragoza, 1789)
miércoles, 25 de enero de 2012
LA RESPUESTA
.......
Mis Queridos Aprendices y Compañeros: no creáis que las perfectas reflexiones profanas nos acercan a la Verdad, sólo el símbolo puede hacerlo, pues en él está siempre escondido el Secreto, el Misterium Magnum. Nada se sabe, todo se busca.
Quiero, en este día más largo del año, y antes de entrar en la soledad del oficio que habéis tenido a bien confiarme, agradecer con todo mi corazón a mis Hermanos Maestros su apoyo, en el sentido arquitectónico de la palabra, en el camino recorrido hasta llegar a este lugar geométrico en el que ahora me encuentro; y, desde mi humilde situación de eterno aprendiz, a todos los Hermanos que en cada tenida me dan pequeñas, pero impresionantes ideas, para seguir quitando esquirlas de esta piedra tan bruta que sigo llevando a mis espaldas.
Y antes del ritual en el que vamos a agradecer a la Naturaleza por su generosidad, recordar el último sentido de ésta, en las palabras de un antiguo sabio sufí: “Conocerá una alegría superior a toda alegría humana y silencioso y sumido en éxtasis se hallará al lado de la Puerta. No hay más que un camino para atravesar la Puerta. No es el amor apasionado, con todos sus deseos, sino el Amor Apacible, que une a todos por igual”
( JIJ, MM; 21 de junio de 6003 )
domingo, 13 de marzo de 2011
LA PREGUNTA

- ¿Por qué me lo preguntas?-dice el otro con calma-. Sabes que es así.
(Sándor Márai, El último encuentro, eds. Salamandra, Barcelona, 1999)
miércoles, 23 de febrero de 2011
ISLA DEL TONAL

Vivir los grados pasito a pasito es lo más importante. Tarde o temprano las circunstancias, las mismas que tantas veces nos hicieron callar, nos llevan a asesinar al Maestro, manchándonos con su sangre. Tarde o temprano embarcamos, una vez más, contentos y satisfechos, y a nuestra espalda queda una Troya saqueada y ardiendo. Y tarde o temprano queremos limpiar las huellas de nuestro crimen, o castigar a los culpables, o juzgarles justamente, o escuchar tras la puerta las conspiraciones contra el Maestro, o atravesar los errores con nuestra puntiaguda espada para poder ser felices, en nuestras acciones, con nuestros hijos. Y entonces no sabemos cómo hacerlo, porque no lo hemos aprendido ni comprendido ni trascendido, ni nada de nada. Tampoco nos enseñaron a matar ni a saquear, pero lo hicimos. Amargas nuestras uvas y ácimo nuestro pan.
(Alberto Picón, El privilegio de ser contemporáneo de la rosa, Moguer, 1917)
sábado, 8 de enero de 2011
ORDO AB CHAO

Allí donde un sastre remendaría su tela, donde un proyectista hábil corregiría sus errores, donde el artista retocaría su obra maestra todavía imperfecta, la naturaleza prefiere volver a empezar desde la arcilla, desde el caos, y ese derroche es lo que llamamos el orden de las cosas.
(M. Yourcenar, Memorias de Adriano, Edhasa, 1982)
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